Acceder a los bienes culturales es un derecho de todo ciudadano y garantizar ese derecho es una obligación de todo funcionario. Creo que esta es una buena ocasión para reiterarlo públicamente.
Prefiero hacer mil teatros antes que un estadio
Gabo Ferro es uno de los pocos músicos que podemos seguir considerando independientes. Rechaza a las discográficas y evita a la crítica. En 1997 se cansó de la industria y se alejó de todo para estudiar. Se recibió de Profesor en Historia y publicó dos libros. De regreso a la música acaba de editar su séptimo disco La aguja tras la máscara. Por Mariela Fraiman
Fotografía: Alejandra López.
¿El rock sigue siendo un movimiento cultural o se convirtió definitivamente en una manera de etiquetar un ritmo musical, sin una identidad propia y definida?
Digamos que las dos cosas: no puede no ser un gesto cultural, no puede no ser visto como gesto cultural. En la copia también hay cultura, ninguna copia es idéntica, toda copia lleva algo del autor que la realiza. Entonces, puede ser leído en esos términos. Pero sí sé que los padres no deberían comprarles discos de rock a sus hijos. El sistema mercantilista, capitalista tomó al rock como un producto y se hacen discos de rock, bandas de rock, canciones de rock como si fuera un producto más, como si fuera un jabón, y circula en esos ámbitos. Comprás un jabón, un yogur y un disco, y se venden de la misma manera.
Pero por otro lado también está esa cuestión de que si no estás ahí es porque no gustás o no gustaste. Yo dije que no a una productora editorial muy importante de la televisión para que usaran mis canciones en una novela. Por supuesto que me querían chupar la sangre de todas las maneras posibles, pero claro, mi tema iba a estar en tal novela de tal canal de aire, como cortina característica y yo dije que no. Después apareció en esa novela como cortina de fondo una canción de un camarada amigo. A eso me refería un poco al principio con mis "no". Por ahí pueden ser leídos como más valientes que muchos de mis sí. Y eso es lo que sucede. Yo creo que la cultura rock del siglo XXI hasta ahora es como la cultura jabón, cultura yogur, cultura light, cultura de ese tipo, pero más popular.
Pero hay otra cultura que de eso no tiene nada que es en la cual creo que estoy yo. Y, lamentablemente, cuando una banda recién empieza o un artista de música recién empieza no puede decirle a un distribuidor muchos no porque sino nadie le va a distribuir el disco y va a vender poquito. Afortunadamente nosotros vendemos muchos discos, a veces vendemos muchos más discos que muchos de los grandes sellos y sin pautas publicitarias, sin notas de propaganda. Ahí sí al menos las distribuidoras independientes agarran, porque saben que vendemos discos.
Entonces, para cerrar la idea, la cultura rock de los '70 no es la misma que la de 2011. Han pasado 40 años y la industria la atravesó por el nudo mismo de las cosas, así que es otra cultura.
Los festivales auspiciados por multinacionales, los rankings de las radios comprados por las discográficas, los ringtones, son sólo algunas muestras del avance de la industria comercial por sobre el movimiento cultural genuino. ¿Es posible la masividad sin entrar en ese juego? Y en todo caso, ¿te interesa el concepto de "masividad"?
No sé si la masividad. Si llamás masividad a Vélez creo que no porque hay una cuestión que es que no te alcanza la vida, es decir, mis discos, mis canciones van de boca en boca, uno por día probablemente. En cambio cuando sale tal o cual artista de una multinacional es un bombardeo por cualquier medio de comunicación que enciendas. Tanto sea para hablar positivamente o neutralmente de eso como para hablar negativamente y son lugares donde yo me negué. Puede que mirándolo desde la superficie alguien pueda decir que yo me estoy negando a la masividad y nada que ver. Sucede que yo creo que mis canciones en esos circuitos no llegan como yo las fantaseo o como yo creo que tienen que llegar, porque no hacen mucho ruido porque necesitan de un espacio y de una escucha. Quien me escucha o escucha esas canciones disfruta de poner el disco y sentarse, escuchar el lado A y cuando termina poner el B y no caminar por la calle escuchándolo en un iPod sino tener un formato. Yo me siento mucho más asociado con esa persona que escucha. Con el que se detiene, con el que escucha lo que estoy diciendo, lo que está sucediendo. Por eso el ringtone, los festivales de música con sponsors no nos invitan, porque nosotros no somos grandes cosas que vamos a llenar un estadio. Entonces, tocamos en un escenario chiquito, te sacan los derechos de autor que vos generás en esa fecha. No son los lugares más amigables para lo que uno está diciendo pero eso no quiere decir que no podamos tocar y nos vaya súper bien en La Trastienda, en Niceto, en el ND Ateneo, son las cosas que hacemos y nos va muy bien.
Pero no te interesa hacer lo otro…
Yo siento que prefiero hacer mil teatros antes que hacer un estadio, siempre digo que hago discos con la excusa de tocar en vivo. En el caso hipotético de que haya tanta gente como para llenar un estadio, y te lo digo después de haber hecho una Trastienda a full, prefiero hacer muchos shows por mes en lugares donde la gente esté cerquita.
Cuando no tengo a la gente cerca no funciona, me siento solo, estoy tocando para mí solo en mi casa cuando no los siento llorar, cuando no los siento reírse o que dicen algo. Ahí sé que estoy trabajando para alguien.
En una nota en La Nación vos decís que un artista no debe quedarse callado, pero en 1997 vos te quedaste mudo arriba del escenario y eso te llevó a siete años de soledad y estudio. ¿Cómo llevaste a cabo esa idea durante ese tiempo? ¿Escribías o sólo te dedicaste a estudiar?
No, no, un artista no debe quedarse callado para siempre. Yo te aseguro que ni siquiera fantaseaba con la idea de volver a hacer canciones en algún momento, para mí era un imposible. Si hace siete años vos me decías que hoy estaríamos haciendo esto, hablando de esto yo me hubiera reído, sobre todo porque mi carrera académica era muy exitosa. Estaba cerrando mi doctorado, tenía todas las becas a las que me había presentado, había tenido premios, estaba editando, escribiendo, iba a congresos, me iba muy bien. Entonces, no tenía por qué irme. Yo sé que lo que uno fantasea es no quedarse callado porque siempre hay algo para decir, no hablar por hablar. Yo creo que un artista no debe quedarse callado cuando hay algo para decir. Pero en ese momento yo no tenía nada para decir o, al menos, nada nuevo ni bueno para decir y sentía que había puesto toda mi energía, todo mi cuerpo, todo mi capital físico, espiritual, económico en algo que me estaba llevando a la ruina en todos esos aspectos. No sólo por poner plata para cada concierto, poner plata para cada disco era poner el espíritu en preguntarse "vendrá gente, no vendrá gente, qué pasa, compramos esto, no compramos aquello, escucharán esta canción, escucharán el disco". Hace muy poquitos años el artista podía pasar desapercibido en el silencio, haciendo sólo su trabajo. Pero estamos en una época de manifestaciones, donde al artista se le está haciendo cada vez más difícil no manifestarse. Y a eso me refería con que un artista de la rama del arte que sea, y a ver, un artista, un obrero, un periodista, no debe quedarse callado, eso es lo que siento porque todos tenemos cosas para decir y, eso, si uno cree que es valioso, lo tiene que exponer, lo tiene que mostrar.
¿Cómo fue el momento en el que te quedaste mudo en el escenario? ¿Cómo decidiste bajarte y, de esa manera, dar por terminada la banda? ¿Qué sentiste en ese momento?
Y, fue eso. Era el año 1995. Íbamos a tocar en un momento cuando había salido el rock barrial con todo y nosotros hacíamos como una música muy refinada, más allá de que sonaba muy fuerte y nos iba a ver muy poca gente. No es que no nos iba a ver nadie, pero no podíamos tocar con mucha frecuencia. Los sellos ya estaban enfocados hacia este nuevo rock, digamos, a cerveza, más punk, las chicas, la moto, el rock más clásico, el rock barrial. Nosotros estábamos siendo desconsiderados por eso, entonces, veía que ya estaba perdido porque era notorio que ese tipo de música llegaba para quedarse, en algunos casos, afortunadamente. Entonces, justo cuando llego ahí me doy cuenta que la formación clásica que te había dicho antes no estaba. El bajista no estaba porque ocurrió algo dentro de la banda y el bajista se había ido. Tocamos con una banda que recién empezaba y habían llevado, no sé, diez veces más gente que nosotros. Y yo dije "hay algo que no me cierra". Entonces empecé a cantar mientras pensaba todo eso. En la tercera o cuarta canción me agarró como una crisis, dejé el micrófono ahí, agarré mi mochilita, no dije perdón, nada, chau, hasta acá llegue hasta acá pude.
Al otro día empecé a estudiar porque sentí que tenía mucha energía, mucho deseo y mientras aclaraba decidí darme una de las pocas palmadas que me di en la espalda. Necesitaba la energía para ponerme a hacer algo mientras estaba golpeado, resentido, también en el sentido diccionario de la palabra, no resentido común, resentido de golpeado. No podía hacer nada y sabía que no quería seguir en el mismo circuito de un show por mes para poca gente o nadie a las tres de la mañana porque era la hora en la que se tocaba.
Después de siete años alejado de la música, ¿cómo fue el proceso de volver a hacer lo que, según vos, "te faltaba" en tu vida?
Te doy un ejemplo: en el año 2004 gané una mención benéfica del Fondo Nacional de las Artes por un trabajo como historiador, había ganado una beca, había salido la propuesta que tenía para ir a dar clases afuera, pero no estaba contento. No tenía alegría. Todos me preguntaban "¿estás contento?" y a mí la alegría me duraba una tarde. Sentía que había algo que no estaba, pero no sospechaba que era la música. Sucedió que cuando estaba en un congreso en el Teatro San Martín había una feria de discos independientes, en un momento bajé al baño y me crucé con algunos de mis viejos amigos de esa época en un stand que me dijeron: "mirá, tomá, llevate de regalo todos los discos que hicimos". Yo no podía creerlo. Porque en esos siete años en que yo me abrí ocurrió la revolución digital. Para el último disco que grabamos nosotros en el 95 habíamos comprado unas cintas carísimas, tenían en el estudio esas máquinas grandes y alrededor del año 2000 entraron los discos rígidos a los estudios, esas máquinas volaron y no hubo que comprar más cintas. Muchos podían tener una especie de estudio hogareño que grababa muy bien. Les pregunté cómo habían hecho para grabar tres discos, antes grabar tres discos eran como 10 años para juntar la plata. Ahí fue cuando me explicaron que ahora se grababa así y me insistieron con que tenía que volver a tocar, y la idea me quedó picando.
Yo había regalado mis discos, vendido mi micrófono y mi guitarra, no había ido a conciertos. No sabía si esto iba a funcionar y probé, pedí una guitarra prestada y en ocho días salió lo que fue mi primer disco solista "Canciones que un hombre no debería cantar".
El 25 de febrero del 2005 entramos al estudio y en una sesión, ahí en vivo grabamos el disco. Y ese disco ya lleva agotadas cinco tiradas. Ahí empezó a circular de nuevo la cosa pero con un contrato conmigo mismo. O sea, primero nunca voy a hacer nada que no quiera, y en el momento que esté haciendo algo que no me gusta, chau. Y eso nunca se dio hasta hoy.
Yo estoy acá porque tengo ganas de estar, los no que he dicho me ponen en un lugar de mucho prestigio para mucha gente porque le he dicho "no" realmente a monstruos de la industria, y les sigo diciendo que no y no me pesa, porque encontré, a diferencia de lo que pasaba en los 90, una manera de producir paralela a la industria.
¿Creés que los años alejado de la música te sirvieron para ser quien sos hoy?
Sí, completamente. Y eso que era un momento en el que eso no entraba en mi mente. Yo te decía que no pensaba volver a la música, pero cuando volví a hacer música fui consciente de todo lo que me aporta, no sólo en términos académicos y formales, sino porque me curtió.
Me dio herramientas para la discusión, critico a la crítica. Soy supercrítico de la crítica, por eso la crítica es bastante cuidadosa con lo que hace. Y soy un gran agitador de criticar a la crítica que tenemos porque, en casos muy específicos, hay críticos maravillosos pero, en general, tenemos críticos muy pobres. Ya hace algunos años que no doy más mis discos a la crítica, no me interesa y no por una actitud rebelde sino porque no me aporta. Si me piden un disco se los regalo de mil amores porque hay mucha gente que me ha hecho mil favores divulgando mi obra. Pero se lo regalo y le digo no lo critiques, es para vos, porque siento que la crítica no está buena. Me pasó con el segundo disco, que lo criticó para un medio un pasante y yo salté con los tapones de punta pero el pibe ya se había ido, se estaba dedicando a la arquitectura. La única crítica que me importa es de quien realmente escucha mi música, los míos. A mí me da lo mismo que un gil o una gila me diga "tu disco es una mierda, no me mueve un pelo". Pero si alguien que yo adoro y valoro me dice, "realmente, tu disco es una mierda", me voy a poner a pensar y trabajar porque sé que viene de un sentimiento bueno, genuino. Y después de eso viene "viste lo que hiciste acá, y esto y esto" Lo valoro porque trato de poner en su lugar el valor de ciertos discursos. Hay un discurso como muy tenido por la miseria, por el músico que no pudo ser y se dedicó a otra cosa porque se cree que vos tenés que estar en un lugar de sumiso. Y yo no lo estoy porque no tengo padre ni padrino.
¿Qué es lo que te puede dar la música que otras cosas no te dan?
La música toca una fibra que no toca ninguna otra rama del arte, de la misma forma que otras ramas del arte tocan fibras que la música no toca. Y dentro de la música hay cosas que la canción toca que la música contemporánea clásica no toca. Entonces no me conmueve de la misma manera estar mirando, no sé, La vuelta de Malón en el Museo de Bellas Artes (que me puedo poner a llorar frente a esa pieza) que escuchar a alguien tocar o algunas canciones. La música tiene algo que golpea en un sitio que es como sacar una pieza de un objeto y que se destartale todo. Y no es golpearlo, es simplemente colocar una pieza o sacar una pieza. Y cierta música hace eso. Otra genera otra cosa, genera bronca. Esta creo que me genera eso.
¿En tu vida como músico e historiador, hay algún punto en el que se mezclan las dos profesiones?
Siempre, todo el tiempo. Por ejemplo, estoy escribiendo un disco nuevo, entonces, estoy tratando de limar cosas. Aunque yo no mezclo la praxis de ser historiador con la música o viceversa, suceden dos cosas: la primera es que la historia es algo durísimo, vos tenés que demostrar todo lo que estás diciendo y, en mi caso, que hago historia de la cultura, historia de las ideas, lo tenés que demostrar dos veces porque se la considera una historia, entre comillas, poco seria. No es historia política, historia de las instituciones, historia fáctica. Entonces eso es durísimo, tenés que estar demostrando todo dos veces. En cambio, cuando escribís una canción e imaginás una melodía es fantasía, no tenés que demostrar nada. Solamente ese balance que hay entre ellas ya es algo, todo el tiempo. Además, el trabajo del historiador es un trabajo en el que estás todo el tiempo recurriendo a pararte en algún costado para contar. Y en la canción eso es lo que me gusta hacer porque yo puedo, por ahí, hablar de algo que ya se habló en una canción pero si yo cambio la perspectiva el tema es nuevo. Entonces, no hago una división, no digo ahora voy a escribir historia y me pongo serio, o al revés. Todo el tiempo hago todo pero tengo bien en claro cuál es la caja de herramientas para cada cosa, cuál es el campo de cada una y tengo muy en claro cómo se hace cada una. Y en base a eso soy todo el tiempo la misma persona, con la misma sensibilidad.
LO QUE TE DA TERROR, tema que abre su último disco La aguja tras la máscara.